El taller de sexualidad ha sido agotador, y me he encontrado en un mar de emociones del que he dudado muchas veces poder salir. No puedo decir que haya realizado grandes descubrimientos. Más bien ha sido al contrario, me he dado de narices con viejos fantasmas, escondidos en lo más profundo de mi ser, donde permanecían enterrados con la esperanza de que el tiempo y la madurez dieran cuenta de ellos.
Sexualidad, que diferente suena ahora esta palabra. Ya no me resulta algo prohibido, clandestino, criticable. Es, para mi, el nivel más hermoso y profundo de la relación entre personas, y que pobre ha sido mi vida al no conseguir contemplarla en estos términos, porque quien sabe, puede que estemos hablando de la esencia, el punto en el que se conectan el alma y el cuerpo de las personas.
El dolor y la tristeza han estado muy presentes durante todo el taller, y en el camino he encontrado a personas maravillosas que han puesto su mano en el hombro de mi alma para reconfortarme y que me han hecho llorar de gratitud.
En este taller he descubierto que la vida está hecha de momentos, pedacitos de tiempo que no volverán ha repetirse, y que mi trabajo es conseguir que se conviertan en los ingredientes de mi felicidad; que estos momentos tan ansiados no siempre se pueden compartir con la persona que quiero; y que muchas veces, el dolor, si lo puedo soportar hasta que se acabe, si consigo que no se torne rencor, está producido por un amor más grande que mi corazón, y tengo esperanza o la fantasía de que ese dolor sea eso, agujetas en ese músculo que se está haciendo un poco más grande.
Yo soy responsable y guardián de mis momentos, y no tengo derecho a conseguirlos robándoselos a nadie, porque no me sirven y porque lo que le quito es ni más ni menos que un trocito de su vida. Curiosamente, sin necesidad de robar ni de exigir, hay personas que me han ofrecido ratos memorables, que nos han servido a ambos, y que ha sido tan generoso el que me lo ha ofrecido como yo que lo he recogido.
Me apetecía compartir esto, gritarlo al mundo, porque aunque con dolor, pena y vacio, me siento esperanzado, sabiendo que siempre es posible que la vida me vaya mejor, y que será así hasta el momento antes de que todo se acabe. Brindo por ello.